Homilía en el funeral por las víctimas de los atentados del 11 de marzo en Madrid

Iglesia de Mª Auxiliadora (Zamora), 15 de marzo de 2004


1. Han pasado ya más de cuatro días desde los atentados de Madrid y nuestra alma sigue rota y dolorida. Si las noticias en las primeras horas del jueves pasado nos encogían el alma, con el paso de las horas nuestro corazón se iba llenando de consternación y conmoción, a medida que conocíamos la magnitud del brutal y execrable magnicidio. La sangre humana vilmente derramada, el asesinato indiscriminado de las hasta ahora doscientas personas inocentes, las heridas físicas y morales provocadas a más de mil quinientas personas y el inmenso dolor de tantas familias por la muerte y las heridas de sus seres queridos nos dejan todavía hoy sin palabras.

Nuestra primera reacción fue y sigue siendo, junto con nuestra oración, una dolorida compasión con las víctimas y sus familias. Dolorida com-pasión, sí, porque sufrimos y padecemos con todos ellos. Desde nuestra caridad cristiana nos unimos al dolor de todas las víctimas de estos brutales atentados y al de sus familias. Nuestro sufrimiento compasivo se hace hoy oración más intensa a nuestro Dios y Padre, el Padre de Nuestro Señor Jesucristo y Padre nuestro, al Dios de la bondad y de la misericordia, al Dios del amor y de la vida: a Él oramos para que en su infinita bondad conceda a todos los fallecidos la paz y la vida eternas; a Él le pedimos por el pronto y total restablecimiento de los heridos; a Él le suplicamos para que conceda a todas sus familias consuelo, fortaleza y esperanza en estos momentos de especial aflicción. A todos ellos, nuestra Iglesia diocesana les muestra su afecto cercano y su apoyo cristiano, hoy y siempre. Ellos no están solos. Esta horrible masacre nos duele y nos seguirá doliendo a pesar del paso de los días. ¡Que no caigan en el olvido de nuestra frágil memoria!

2. En estos momentos de especial dolor, la Palabra de Dios dirige nuestra mirada una vez más a Jesús, que muere y resucita. "!Dios mío, Dios mío!, ¿por qué me has abandonado?" (Mc 15, 34), clama Jesús clavado en la Cruz. Ésta es también la pregunta, que muchos nos hemos hecho ante tanta maldad y muerte. Y ¿no es ésta también la pregunta que se hacían tantos jóvenes y mayores el viernes pasado en su pequeñas pancartas en las que se podía leer "¿Por qué?"? También para Jesús la hora de su muerte, la muerte injusta del Inocente, es la hora de la más densa oscuridad. La razón humana tropieza ante el misterio de la cruz, como también queda sin respuesta ante la sinrazón de la muerte y el derramamiento de sangre de tantas personas inocentes. Sin embargo las palabras de Jesús en su agonía lejos de ser expresión de desesperación o de un sentimiento de abandono por parte de Dios manifiestan su confianza y su fe inconmovible en Dios. Jesús sufre la soledad y la agonía de todos los humanos, y en esa oscuridad se dirige a Dios en oración confiada sabiendo que el Padre no lo abandonará sino que lo librará de la muerte.

"Ha resucitado. No está aquí" (Mc 16, 6), hemos proclamado en el Evangelio. La resurrección de Jesús es la respuesta del Padre a la entrega confiada de su Hijo hasta el extremo. Dios no le abandona, sino que lo libera de las garras de la muerte. Si la muerte significa la negación de la propuesta mesiánica de Jesús, su resurrección es el triunfo sobre el pecado y sobre la muerte. En la resurrección de Jesús, Dios devuelve a la humanidad la esperanza que Jesús había suscitado en los hombres: El pecado, la destrucción y la muerte no tienen la última palabra en la vida y en la historia de los hombres. La última palabra es de Dios, que entrega a su Hijo a la muerte por amor para que su vida se convierta en fuente de vida para todos.

Por ello, en estos momentos de tristeza y dolor por la muerte de tantas personas inocentes elevamos nuestra mirada al Padre del amor y de la vida; y con San Pablo decimos: Nada ni nadie, ni la muerte "ni criatura alguna podrá apartarnos del amor de Dios manifestado en Cristo, Señor nuestro" (Rom 8,39). Estos asesinatos atroces y la especial dificultad de estos momentos no nos pueden sumir, hermanos, en el desconsuelo o en la desesperanza. Pongamos nuestra mirada en Dios para que, con su ayuda, este golpe terrible no empañe en nosotros el mensaje central de nuestra fe cristiana. Dios está con nosotros en la vida y en la muerte. Así nos lo ha manifestado en su Hijo, Jesucristo, a quien no abandonó a la muerte, sino que lo resucitó a la Vida. Dios ama al hombre y quiere que viva en toda circunstancia, en la vida y también en la muerte. Desde la fe en Jesucristo creemos que ninguna muerte es inútil y menos aún la de personas inocentes. Este mismo amor de Dios, que quiere la Vida de los hombres, afirmado y creído de verdad, será sin duda también fuente de consuelo, de fortaleza y de esperanza de futuro para todos, y, en especial, para los heridos y los familiares, que ahora tienen que sufrir con dolor amargo el asesinato de sus seres queridos.

3. Ante los terribles asesinatos de Madrid no nos podemos dejar llevar por el odio, la venganza o la xenofobia. El mismo Dios del amor y de la vida, manifestado en Cristo y reconocido como principio y centro de la historia, nos ha de mover a todos, ciudadanos y responsables de la vida pública, a reaccionar con unidad y firmeza, pero también con serenidad y justicia ante estos asesinatos, y a trabajar sin descanso por la desaparición de todo tipo de terrorismo y por un orden mundial más justo. ¡Trabajemos todos por crear una cultura de la vida y una cultura de la paz, basada en la justicia!

Con la misma claridad hemos de decir que todo cristiano -y toda persona de bien- no puede por menos de condenar sin paliativo alguno la horrible masacre de Madrid. Si ya cualquier vida humana es inviolable, por ser imagen de Dios, ante tamaño crimen no cabe sino nuestra repulsa más absoluta. Nada lo puede justificar. Estos actos terribles ponen al descubierto la inhumanidad del fanatismo de los terroristas. Su ideología se ha convertido en una idolatría al servicio de los crímenes más atroces, que han mostrado el rostro más perverso del maligno. Con sus actos no sólo han ofendido gravemente a Dios, sino que han despreciado el más elemental de los derechos, el derecho a la vida, han pisoteado el respeto sagrado a la vida de las personas y su dignidad, y han herido la convivencia en paz y en libertad.

No lo olvidemos: moralmente es indiferente la autoría de esta masacre. El terrorismo es intrínsecamente perverso e injustificable con independencia de quienes sean sus autores o cuál sea su pretendida justificación política, social o pseudo-religiosa. Por ello, cualquier cristiano y cualquier persona de bien ha de levantarse contra esta 'cultura de muerte' y la perversión sistemática de las conciencias que quiere implantar todo terrorismo mediante sus actos asesinos y mediante el traslado a otros de una responsabilidad que es exclusivamente suya. En nombre de nuestro Dios, el Dios del amor y de la vida, de la verdad y de la libertad, hemos de rechazar y condenar cualquier tipo de colaboración y de connivencia con el terrorismo, así como con su voluntad de dominar la sociedad por medio del terror, el miedo y el odio. Un pueblo no se construye sobre el terror, el miedo, el odio o la imposición, sino sobre el diálogo en la verdad, en la justicia, en la libertad y en el respeto de los derechos humanos, que tienen su fundamento último en Dios y en la dignidad de sus criaturas, los hombres.

4. Pidamos a Dios la luz y la fuerza espiritual necesaria para reaccionar adecuadamente frente a esta lacra del terrorismo, negación de Dios y de la dignidad humana. Pidámosle la firmeza y valentía necesarias para mantener la unidad en todo momento contra todo lo que favorece el terrorismo y para no sucumbir al miedo y al odio. De modo especial le pedimos a Dios unidad, serenidad y fortaleza para quienes tienen la misión de dirigir y apoyar la defensa de la sociedad y la lucha contra la amenaza del terrorismo desde la legalidad. Oremos también para que Dios conceda la conversión de corazón y el abandono de la violencia a quienes quieren ver todavía alguna legitimidad o alguna utilidad en el terrorismo.

Unidos a la oración universal y permanente de Cristo en la Cruz, pidamos a Dios consuelo y fortaleza para los que sufren más vivamente el dolor por los atentados de Madrid. Oremos hoy también por todas las víctimas del terrorismo y por sus familias. A Dios Padre se lo pedimos a través de Cristo Jesús, el Príncipe de la Paz. Amén.

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Zamora