Casimiro
López Llorente,
Obispo de Zamora
Madre
Bonifacia Rodríguez de Castro.
Fundadora de la Congregación de las Siervas de San José
"Amor,
trabajo y oración en el Taller de Nazaret"
Carta
Pastoral con motivo de su Beatificación
Introducción
Queridos diocesanos:
Con enorme gozo, nuestra comunidad cristiana de Zamora recibía
meses atrás la noticia: M. Bonifacia Rodríguez de Castro,
fundadora de las Siervas de San José, será beatificada,
Dios mediante, por el Santo Padre Juan Pablo II en Roma el próximo
día 9 de noviembre de 2003.
Una nueva beata, como Bonifacia, es un don de Dios a su Iglesia. Aquí,
y no en un falso o vano triunfalismo humano, radica el verdadero motivo
de nuestra legítima alegría. Al reconocer que "Dios
ha estado grande con nosotros" (Sal 125, 3) en su hija, le alabamos
y damos gracias. Bonifacia es una nueva muestra del amor de Dios Padre,
origen de todo don, que la llenó de sus dones y la ha llevado
a la plenitud de la vida en la gloria eterna. Ella es una nueva prueba
de la acción misteriosa, pero real del Espíritu Santo
en las almas, que las conduce desde la regeneración bautismal
en Cristo a la cima de la santidad viviendo las virtudes evangélicas
de un modo heroico. Ella es un nuevo testigo actual del seguimiento
fiel de Cristo y de su Evangelio en la vida y en el trabajo ordinario.
Ella es una garantía cierta de que la gracia sigue presente en
nuestra Iglesia y obra maravillas en quienes la acogen con humildad
y sencillez. Ella es un recuerdo vivo y cercano de la meta, a la que
estamos destinados todos y que está reservada a los que, fieles
a su Hijo, esperan su venida (2 Tim 4,8).
Por todo ello se alegra la Iglesia entera. Una alegría de la
que participa también la Iglesia de Salamanca, cuna de la nueva
beata y testigo directo de su crecimiento en la virtud y de su fundación
del Instituto Josefino y del primer Taller de Nazaret; en Salamanca
reposan también sus restos mortales. Motivos especiales para
el gozo agradecido tiene nuestra comunidad diocesana de Zamora. Entre
nosotros, Bonifacia pudo plasmar fielmente el carisma recibido de Dios
al servicio de la mujer trabajadora y pobre, que tantos beneficios aportó
a nuestra Iglesia y a la sociedad zamorana. Nuestra Iglesia tuvo el
don de poder contarla entre sus hijas durante más de veintidós
años y la vio partir hacia los brazos del Padre en la patria
celestial. Con su declaración como beata adquiere rango oficial,
lo que Bonifacia fue ya en vida para cuantos la conocieron: un verdadero
don para la Iglesia por su santidad, por su acendrada caridad y por
su entrega apostólica.
Es momento para el gozo y para la acción de gracias a Dios.
Pero también es la oportunidad de reavivar la memoria de su persona
y vida de santidad, de su obra educativa y social, de su carisma y espiritualidad.
A este fin se orienta esta breve y sencilla carta pastoral.
I. Semblanza biográfica de M. Bonifacia
1. Infancia y Juventud .
Bonifacia Rodríguez de Castro nace en Salamanca el 6 de junio
de 1837 en el entorno de las Catedrales, la Clerecía y la Universidad.
A los cuatro días de su nacimiento recibe el Bautismo en la parroquia
de la Catedral vieja Es la hija primogénita del matrimonio formado
por Juan Rodríguez Gutiérrez y María Natalia Castro
Jiménez, naturales también de Salamanca, del que nacerán
otros cinco hijos, de los cuales sólo Agustina alcanzará
la edad adulta. Su padre, sastre de profesión, es un cristiano
honrado y virtuoso, 'ayuda de la casa', caritativo y desprendido en
su pobreza. Su madre, por su parte, es una buena cristiana, de corazón
magnánimo, valerosa y comunicativa, sencilla en el trato y jovial,
caritativa y laboriosa.
Bonifacia nace y crece, pues, en un hogar artesano y profundamente
religioso, del que recibe una honda formación cristiana que forjará
su personalidad humana y cristiana. En este hogar y taller, pobre y
humilde, donde sus padres ganan el pan con el sudor de su rostro, aprende
a vivir la pobreza y el valor del trabajo manual. De sus padres recibe
el ejemplo de servicio generoso y de caridad universal. El trato sencillo
y la acogida afectuosa de sus padres, su ejemplo de fortaleza y abandono
en la Providencia, marcan su personalidad. Quienes la conocieron, describen
a Bonifacia como una niña sencilla, candorosa y juguetona. De
genio vivo y corazón tierno y afectuoso, muestra gran respeto
y obediencia a sus padres, siendo agradable en el trato con todos. De
un natural dócil y obediente conoce el difícil arte de
saber callar, crecer y sufrir en el silencio.
Terminados los estudios primarios, Bonifacia aprende el oficio de cordonera.
A la edad de quince años, al fallecer su padre en 1853, se incorpora
al mundo del trabajo artesanal como cordonera para así ayudar
a su madre a llevar la casa. Años mas tarde abre su propio taller
de cordononería, pasamanería y otras labores. Es un espacio
modesto, artesanal, donde comienza a hacer realidad, en el día
a día, su experiencia de encuentro con Dios en el trabajo cotidiano
al estilo del taller de Nazaret.
Bonifacia y su madre, solas ya en casa, acuden diariamente a la cercana
iglesia de la Clerecía para la oración, la recepción
de los sacramentos y la formación. Allí conocen en 1870
al joven jesuita Francisco Butiñá Hospital, que se convierte
pronto en director espiritual de Bonifacia. El peculiar mensaje del
joven jesuita sobre la santificación del trabajo manual prende
en aquella sencilla cordonera. El encuentro con el P. Butiñá
es verdaderamente providencial y decisivo para el futuro de ambos.
En este tiempo, varias jóvenes salmantinas, atraídas
por el testimonio de vida evangélica de Bonifacia, acuden a su
taller las tardes de los días festivos para charlar, hacer oración
y compartir vida y preocupaciones. Queriendo hacer de aquellas reuniones
algo estable, con el consejo del P. Butiñá, forman, de
común acuerdo, la Asociación Josefina con sede en la casa
de Bonifacia, a quien nombran también Hermana Mayor. El sencillo
taller comienza a ser un centro de espiritualidad y de proyección
apostólica, en el que Bonifacia tiene un papel central en la
formación humana y espiritual de aquellas jóvenes, a quienes
escucha con cariño y acompaña con sus consejos.
2. Funda la Congregación de las Siervas de San José.
El crecimiento en la fe de Bonifacia y su entrega fervorosa a Dios
en la oración, en el trabajo y en el apostolado han hecho madurar
en su corazón la llamada de Dios a la vida religiosa. Un día
del año 1871 se dirige al P. Butiñá y le comunica
su deseo de consagrarse al Señor en la vida contemplativa, ingresando
en el convento de la MM. Dominicas de Santa María de Dueñas
en Salamanca. En su decisión pesaba, sin duda, su arraigado amor
a María. El P. Butiñá, sin embargo, le sugiere
algo distinto. "Vamos a fundar -le dice, en palabras de Socorro
Hernández,- una nueva Congregación con el título
de Siervas de San José, con el fin de recoger a la niñas
huérfanas y abandonadas para que no se pierdan e instruirlas
en la religión y santas costumbres y sirvan de ejemplo a la sociedad"
.
Acostumbrada a buscar y obedecer siempre la voluntad de Dios, acoge
la propuesta de su confesor con generosidad y grandeza de corazón.
El Señor había ido preparando a ambos para ser fundadores
de las Siervas de San José. Ambos son buenos conocedores del
trabajo manual artesanal y de los peligros laborales y morales de las
muchachas humildes. Y ése será también el carisma
original del Instituto: dar respuesta a la situación de la mujer
pobre que desde muy joven debía buscar un empleo.
El Obispo de Salamanca, D. Joaquín Lluch y Garriga, inquieto
como ellos por la cuestión social, acoge el proyecto con satisfacción
y lo apoya con entusiasmo. Por decreto de 7 de enero de 1874 erige la
nueva Congregación de las Siervas de San José y aprueba
las Constituciones del P. Butiñá. El decreto de erección
desarrolla también el carisma del Instituto Josefino en tres
dimensiones. Las Siervas de San José habrán de buscar
la "propia santificación por medio de la oración
y el trabajo religiosamente hermanados", lo que hace del trabajo
fuente de vida espiritual; en segundo lugar se ocuparán de preservar
del peligro de perderse a las pobres que carecen de trabajo, lo que
confiere al Instituto una proyección apostólica de marcado
carácter social en respuesta a una urgente necesidad de la época;
y, finalmente, fomentarán al mismo tiempo la 'industria cristiana',
es decir, la industria en el taller, que es concebido como lugar de
un trabajo cristiano, digno y dignificante, a la vez que como ámbito
de educación de profesionales y apóstoles cristianas desde
el mismo trabajo cotidiano.
Las Siervas de San José nacen, pues, como un Instituto de religiosas
artesanas que, sin cambiar de condición y viviendo las virtudes
cristianas y los consejos evangélicos, se dedican a la evangelización
y promoción del mundo laboral femenino desde el propio trabajo.
Su ejemplo y modelo será el de aquella pobre morada de Nazaret
donde Jesús, María y José ganaban el propio sustento
con su trabajo y el sudor de su rostro. Por ello las casas de la Congregación
serán denominadas Talleres de Nazaret, en los que conviven las
hermanas, las aprendices y las acogidas, unidas todas por su condición
de operarias y miembros del taller.
El día 10 de enero de 1874 comienza la vida de comunidad del
primer Taller de Nazaret, en la misma casa de la fundadora. La primera
comunidad está formada por Bonifacia, su madre y otras cinco
postulantes: todas proceden de la Asociación Josefina. Inician
su andadura confiadas en la divina Providencia, orientadas por la Palabra
de Dios y dispuestas a hermanar oración y trabajo en un escondido
taller. Algo tan cotidiano, como el propio hogar y taller, se convierte
en espacio para una vocación: cambiar lo cotidiano llenándolo
de trabajo, amor y fe.
3. Crisis del 'Taller de Nazaret'.
A lo tres meses de la fundación, Francisco Butiñá
ha de marchar de Salamanca hacia el exilio junto con los demás
jesuitas, que habían sido expulsados de España por el
régimen revolucionario. Sola al frente del Taller de Nazaret,
Bonifacia verá pronto como este novedoso proyecto de vida religiosa
femenina comienza a ser atacado. La penuria económica de la comunidad,
la falta sensibilidad de algunas nuevas hermanas hacia el trabajo artesanal
y la incapacidad de los nuevos directores, nombrados por el obispo diocesano
para sustituir al P. Butiñá, para captar la hondura de
este proyecto evangélico son algunas de la causas de la crisis.
El poco tacto de los directores comienza a desestabilizar la comunidad
creando desunión entre las hermanas, a la vez, que surgen falsas
acusaciones contra Bonifacia.
Algunas hermanas, apoyadas por los nuevos directores, comienzan a oponerse
al taller como forma de vida y a la acogida de la mujer trabajadora
y pobre; prefieren un ideal de vida religiosa basado en estructuras
más seguras. Por este motivo, y no otro, Bonifacia, ausente de
Salamanca, es destituida como superiora del Instituto el 28 de diciembre
de 1882. Aunque no lo entiende, lo acepta con su humildad acostumbrada
y en silencio paciente. De vuelta en Salamanca, se ve sometida a todo
tipo de humillaciones y calumnias, y a una paulatina marginación
que llegará a su exclusión de hecho del primer Taller,
por ella fundado. Sin una palabra de protesta o reivindicación,
Bonifacia vive el sufrimiento y la contrariedad desde la paciencia,
la humildad, el olvido y el perdón.
Bonifacia quiere ser fiel al carisma que Dios le ha encomendado. Está
segura de que el Taller de Nazaret nace de Dios y está enraizado
en la vida. Como solución al conflicto con sus hijas, propone
al Obispo de Salamanca una nueva fundación en Zamora, que éste
aprueba y bendice.
4. Zamora: fidelidad al carisma fundacional.
Una vez que el Obispo de Zamora, D. Tomás Belestá y Cambeses,
les autoriza a abrir una casa en Zamora, Bonifacia y su madre parten
hacia esta ciudad el 25 de julio de 1883. Las puertas de su casa en
Salamanca se le han cerrado para siempre. Todos los intentos por su
parte para acercarse y mantener la unión, quedarán sin
respuesta. Ahora, en Zamora, una ciudad hospitalaria, de convivencia
cercana y de ambientes casi recoletos, se le abre un lugar para la esperanza.
En Zamora culminará su proceso espiritual y realizará
plenamente su obra confiada en la Providencia. El 2 de agosto se les
unen la novicia María Arroyo y la postulante Socorro Hernández,
su amiga fiel, y comienzan la vida en comunidad. El Obispo de Zamora
muestra gran aprecio por Bonifacia y por la comunidad. Él es
"su generoso protector en su diócesis donde las acoge con
benévolo corazón". También su sucesor, el
Obispo D. Luis Felipe Ortiz Gutiérrez, tendrá verdadera
predilección por ella.
No obstante, los primeros años en Zamora no le son fáciles.
Los inicios están incluso bajo el signo de extrema pobreza, sin
"clavo en pared". Todavía sin trabajo, les falta casi
el pan de cada día. Pero Bonifacia vive esta situación
de pobreza con paz y con alegría "porque no teniendo nada
parecía que todo le sobraba". Confiada en la Providencia,
está segura de haber tomado la decisión acertada para
responder con fidelidad al carisma recibido de Dios.
Después de haber recorrido varias casas, Bonifacia puede, por
fin, establecerse definitivamente en 1889 en una casa en la calle de
la Reina, donada por el Obispo, D. Tomás Belestá, y colindante
con la Capilla de la Candelaria. Es una casa amplia, donde tienen cabida
el taller, la comunidad y también -algo imposible hasta ahora-
las muchachas pobres. Ahora puede desarrollar todos los fines de la
Congregación.
Bonifacia denomina la nueva casa 'Colegio de Desamparadas', haciendo
referencia al fin apostólico de la obra, la prevención
de las jóvenes. En el Colegio se acoge a 'jóvenes desamparadas'
y 'criadas desacomodadas', que viven internas hasta que concluye su
proceso educativo y dejan el centro para colocarse como sirvientas o
como menestralas en algún taller. Las niñas y jóvenes
'desamparadas', todas ellas pobres y la mayoría huérfanas,
proceden, por lo general, de los pueblos. Reciben una formación
integral, es decir, humana, cristiana, espiritual y laboral, para la
casa y para el taller, orientada a la educación de la mujer para
el mundo del trabajo. La vida en la casa se caracteriza por la oración,
el trabajo, la convivencia comunitaria y la solidaridad. En el Colegio
reciben también a 'criadas desacomodadas', es decir en desempleo.
No son meras residentes, sino que reciben formación religiosa
y moral, se les ayuda en la búsqueda de trabajo, son mantenidas
por la comunidad y, al abandonar la casa, se les provee de todo lo necesario.
El Colegio será, pues, un ámbito en el que, informado
por la caridad, se desarrolle la tarea de promoción y evangelización
de la mujer trabajadora y pobre. De este modo Bonifacia cumple fielmente
en Zamora uno de los fines primigenios del Instituto.
La casa en la calle de la Reina está abierta igualmente a los
pobres, con quienes Bonifacia comparte su pobreza, dando de comer al
hambriento, a los mendigos y a los pobres vergonzantes. Lo poco que
tenía su comunidad, lo comparte con los que todavía eran
más pobres. En la casa, Bonifacia monta un taller mecanizado,
para cumplir la primera y tercera dimensión carismática
de la Congregación: procurar su propia santificación por
medio de la oración y el trabajo y fomentar al mismo tiempo la
industria cristiana. Se dedican a bordados de toda clase, cordonería,
confección de ornamentos de Iglesia y lavado. Bonifacia es el
alma del taller, presidía en él el trabajo y la oración,
intentando traslucir al verdadero maestro y director del taller, San
José. Es asidua y constante, laboriosa como una abeja y trabaja
con perfección. El taller es además un espacio de solidaridad,
de compromiso con los pobres y tiene un objetivo marcadamente social
"librar a la sociedad de tanto mal como padece", a causa de
la mujer desamparada y sin empleo.
Toda esta obra social en el ejercicio de la caridad hacia las desamparadas
y las desacomodadas y la atención a los pobres se sostiene con
el producto de su trabajo y con las limosnas que recogían en
la ciudad y pueblos donde salían a pedir. Las postulaciones en
los pueblos, en las que la misma Bonifacia participa con frecuencia,
hace que ella y la obra de las Siervas sea muy conocida en la ciudad
y en los pueblos, y de modo especial entre los sacerdotes.
5. Partida hacia la casa del Padre.
Los últimos años de Bonifacia están marcados por
el sufrimiento, la esperanza y un proceso interior de un mayor desprendimiento
y unión con Dios. El 1 de julio de 1901, el Papa León
XIII concede la aprobación pontificia de la Congregación
de las Siervas de San José, quedando excluida la casa de Zamora.
Todos sus intentos para que la comunidad de Zamora fuera reconocida
como propia de la Congregación quedan sin fruto. Bonifacia lo
sufre en silencio, pero con esperanza. "Mientras yo viva no se
hará la unión. Cuando yo muera", dirá.
Era consciente de que Dios no tardaría en llamarla a su presencia.
Aprovecha el tiempo para crecer en deseo de encuentro con Dios a través
de la muerte y se prepara desde el trabajo de cada día, con las
misma sencillez y normalidad con la que había vivido. El día
8 de agosto de 1905, después de una breve enfermedad y de haber
recibido los sacramentos "con grandísimo fervor", parte
con una sonrisa en los labios hacia los brazos del Padre. ¡Ha
muerto una santa!, será la frase que en todo Zamora acompaña
a la noticia de su muerte. Su gran esperanza en vida tampoco quedará
defraudada: el 23 de enero de 1907, la casa de Zamora se incorpora al
resto de la Congregación.
II. Su virtud más sobresaliente: La
Caridad
La vida de M. Bonifacia Rodríguez es muy rica en la práctica
de las virtudes, tanto teologales como cardinales. Me detengo sólo
en algunos aspectos que considero fundamentales para comprender la hondura
de su personalidad religiosa. Sin duda, si alguna virtud configuró
el alma y la existencia de Bonifacia, ésta fue la caridad, que
vivió desde tres dimensiones fundamentales: el amor radical a
Dios, su consagración religiosa y su entrega al amor fraterno,
especialmente hacia la mujer trabajadora y pobre.
Ella "poseía todas las virtudes, pero en la caridad sobresalía"
. Esta opción clara por el amor la vive en la humildad, en el
silencio interior y exterior y en el perdón. Podríamos
decir que en ella se hace programa y vida el canto de la caridad de
San Pablo en su carta a los Corintios (1 Cor 13, 1-13). Convencida por
propia experiencia, como el Apóstol, que el más grande
de todos los dones es el amor, que nunca termina, hace de "una
acendrada caridad a Dios y al prójimo" proyecto y norma
de vida para sí y para sus hijas, las Siervas de San José.
1. Enraizada en el amor de Dios.
Hay en Bonifacia una experiencia fundante, que está en la raíz
de todo y subyace a todo lo demás: es su experiencia personal
de Dios, Padre amoroso, cercano y providente. Por el don de la fe descubre,
acoge y vive el amor que Dios ha derramado en su corazón por
el Espíritu Santo que le ha sido dado (Rom 5,5) por la regeneración
bautismal. En la confianza total en Dios y en su providencia, y en la
seguridad cierta del amor de Dios hacia ella está la fuente de
todas sus aspiraciones, proyectos y comportamientos. Su respuesta al
amor recibido de Dios será un vivo deseo de amarle en todo y
en todos, porque a todos esta destinado el amor de Dios. Este deseo
de amar a Dios la conduce a buscarle con fervor y ardor, a escrutar
y hacer en todo momento su voluntad para agradarle en todo, haciéndolo
todo por Dios y padeciendo todo por Dios, en la búsqueda constante
de la santificación propia y ajena. En su corazón, lo
prioritario fue el amor a su Señor, al "que quería
complacer en todo..." .
Por los testimonios de sus hermanas en Zamora sabemos que, como fruto
de su amor a Dios, busca estar siempre unida a Él. Esta unión
con Dios la manifiesta en la oración personal, en el silencio
contemplativo en el trabajo y en la oración vocal. Ella misma
había dicho a sus hermanas que "para estar unidas con Dios
no hay mejor cosa que andar en su presencia" , una actitud vital
que Bonifacia alimenta, de modo especial, en la participación
y contemplación de la Eucaristía, presencia real del Señor
Jesús. Ella misma dice al respecto: "Ahora podemos decir
con verdad: Dios está delante de mí y yo delante de El,
me está viendo y me está animando... Aquí esta
Jesús como Padre para amarme, como Redentor para salvarme, como
comida celestial para alimentarme" .
En su deseo de amar a Dios y agradarle en todo no se preocupa más
que de buscar en todo la gloria de Dios y de hacer siempre su voluntad.
Se puede decir que la voluntad de Dios es el eje existencial de su vida.
Bonifacia se deja conformar enteramente con la voluntad divina y vive
siempre dispuesta a dárselo todo a Dios. En la obediencia prestada
a su confesor y a sus superiores está segura de obedecer a Dios
y cumplir así su voluntad. Tanto su fidelidad hasta la muerte
al carisma original de la Congregación como su serenidad, silencio,
perdón y esperanza ante las contrariedades, injurias o rechazos
no proceden sino de su gran amor a Dios, que la llevaba a buscar en
todo su voluntad. Ella encarna la amorosa acogida y docilidad a la voluntad
del Padre, que tantas veces había contemplado en la vida de Jesús,
María y José en Nazaret.
2. Consagrada totalmente a Dios.
En su búsqueda de la voluntad de Dios para vivir de modo perfecto
su amor hacía Él, Bonifacia siente pronto la llamada a
entregarse totalmente a Dios en la vida religiosa, siguiendo a Jesús,
virgen, obediente y pobre. La vocación a la vida religiosa surge
en ella espontáneamente como fruto de su amor cada vez mayor
a Dios. Sólo queda concretar el modo de la respuesta. Por su
porte recogido, su sentido del silencio interior y su devoción
arraigada a Maria cree, en primer momento, que la vida contemplativa
en un monasterio, dedicado a la Virgen, es el mejor modo de vivir su
deseo de unión con Dios. Su confesor y director espiritual le
mostrará que la voluntad de Dios es otra: consagrarse a Él
en la Congregación de las Siervas de San José. Y, ella
dócil siempre a la voluntad de Dios, lo acogerá con alegría.
El día 2 de febrero de 1876, fiesta de la Purificación
de la Virgen, hace la entrega de su persona a Dios por la profesión
religiosa. Como Sierva de San José vivirá los consejos
evangélicos de la castidad, la pobreza y la obediencia, estímulo
para las dos grandes fidelidades de su vida: el amor Dios y el amor
al carisma de su Congregación. En la contemplación del
misterio oculto en aquella pobre morada, en que vivía la Familia
de Nazaret, Jesús, María y José, entendió
muy bien qué eran los consejos evangélicos y cómo
dejar moldear su corazón por ellos, para entregarse de modo incondicional
al servicio de Dios y de los hermanos.
3. Entregada con amor radical al hermano y a los pobres.
Bonifacia sabe que el amor a Dios conduce necesariamente al amor al
prójimo. Ambos están tan indisolublemente unidos, que,
si el amor a Dios es la fuente, el motivo, la fuerza y el fin del amor
al hermano, éste es la manifestación necesaria de aquél.
Con el Apóstol San Juan puede decir: "Éste es el
mandamiento que hemos recibido del Señor: que el que ame a Dios,
ame también al hermano" (1 Jn 4, 21).
"La caridad para con el prójimo le era como connatural"
. Aprende esta hermosa virtud en el hogar familiar y la manifiesta en
una vida llena de servicio entregado y desprendido a los demás,
de un trato tierno y bondadoso para con todos y de una acogida amorosa
sin distinción de personas. De Bonifacia se puede decir que fue
"hacedora de bien" y, a ejemplo de Jesús, "pasó
haciendo el bien" (Hech 10, 38); ella encarna el amor al prójimo,
es una mujer para los demás.
Su amor fraterno le lleva a respetar y juzgar siempre con benevolencia
a los demás, hablando siempre bien de todos y no consintiendo
en su presencia la más leve falta de caridad. Por su benevolencia
en el juicio no habla ni permite a nadie que hable mal de las hermanas
de Salamanca, que tanto le habían hecho sufrir. Porque ama mucho,
sabe también perdonar con verdadera generosidad. Por eso, porque
perdonaba y olvidaba de veras, no quiere que nadie recordase los desprecios
y humillaciones, que había recibido. Quería perdonar en
la misma medida en que deseaba ser por Dios perdonada.
Como superiora de la comunidad religiosa, Bonifacia se dedica como
verdadera madre a la formación de sus hijas y hermanas, las Siervas
de San José, creando una comunidad con el estilo de vida de la
familia de Nazaret, en la que la caridad tiene la primacía. Precede
a todas con el ejemplo en la oración, en el trabajo y en el trato,
creando en la comunidad un ambiente de amor. En la comunidad reinaba
la armonía y la paz. Ella encarna la autoridad que aprende de
San José, basada en el amor y en el servicio, siendo la primera
en todo con el ejemplo y viviendo con fidelidad la misión recibida.
Pero si en algo se encarna su caridad fraterna es en el amor preferencial
a los pobres en general, y a la niñas y muchachas pobres, humildes
y desamparadas, en particular. Ella había escrito al Obispo Zamora,
D. Luis Felipe Ortiz: "... las causas de los pobres y desvalidos
las toma Dios por su cuenta porque le tocan al Señor en lo más
vivo" . Consciente de ello, ella, 'la madre de los pobres', se
entrega totalmente a su servicio. Los mendigos y los pobres vergonzantes
encuentran en ella una madre que les acoge y les sonríe, les
da de comer y les conforta con sus palabras de consuelo y de consejo.
Bonifacia se entrega con total generosidad a la acogida y atención
maternal de las niñas y muchachas pobres y humildes; las provee
de alimento y vestido, les da su cariño de madre, y les educa
en la fe y para el trabajo. Su recurso pedagógico es el amor
y la bondad en el trato.
"Quien cumple la voluntad de Dios permanece para siempre"
(1 Jn 2,17). Por su entrega total a Dios y a los hermanos, hecha con
sencillez y desde la vida ordinaria, es un don permanente de Dios a
su Iglesia.
III. Rasgos de su espiritualidad
La rica espiritualidad de M. Bonifacía y la de sus Hijas, las
Siervas de San José, es decir, su modo específico de vivir
la llamada universal a la perfección del amor y su llamada particular
a vivir los consejos evangélicos, da pie para variadas consideraciones.
Nos limitamos a indicar algunos de sus rasgos más significativos,
cuya lectura y meditación pueden ser de provecho para todos nosotros.
Hay dos notas que definen su espiritualidad: el seguimiento de Jesús
en el misterio de su vida oculta en Nazaret, contemplado, sobre todo,
como trabajador al lado de José y María (Mt 13,55 y Mc
6, 3); y, unido a ello, el trabajo, hermanado con la oración,
como fuente de vida espiritual y camino de santidad, a la vez que ámbito
de evangelización y de promoción de la mujer trabajadora
y pobre.
1. Seguimiento de Jesús oculto en Nazaret.
Bonifacia fue llamada por Dios a seguir a Jesús en un aspecto
concreto de su vida, la larga etapa de su vida oculta en Nazaret. Ella
recibió la gracia de entender y vivir la riqueza escondida en
aquel sencillo hogar y taller de la Sagrada Familia en Nazaret. Guiada
por el Espíritu del Señor, Nazaret da forma a su mente
y a su corazón, alimenta su vida interior, guía su crecimiento
espiritual y su maduración humana; es decir, configura todo su
ser, sentir y actuar.
Meditando con el silencio interior, que le caracteriza, los pasajes
bíblicos relativos a Nazaret descubre el valor que tiene lo pequeño,
lo sencillo y lo cotidiano para vivir el seguimiento de Jesús
y su Evangelio. La vida oculta, silenciosa, humilde y pobre de Nazaret
es el ámbito elegido por Dios para la fe y para el encuentro
con Él, el lugar para la entrega total a Dios en obediencia a
su llamada y para la contemplación en el silencio. Nazaret es
también, y sobre todo para Bonifacia, el hogar y taller de trabajo
de Jesús, María y José, lugar de oración,
de adoración y de entrega recíproca en el amor. Es en
la pequeñez de Nazaret, donde Dios se encarna, crece y se fortalece
en sabiduría y en gracia (cf. Lc 2, 40), en el seno de una familia
trabajadora en medio de su pueblo. Y Nazaret es, finalmente, lugar de
la donación libre y gratuita de Dios a los hombres en Cristo
y lugar de su acogida agradecida. Allí comienza la salvación
de una manera callada y humilde. Allí adquiere valor santificador
la vida ordinaria y el trabajo. De esta fuente bebe Bonifacia Rodríguez,
de aquí arranca el camino que recorre hacia Dios y hacia los
hermanos.
Mucho es lo que aprende y vive Bonifacia desde la contemplación
silenciosa y asidua de Jesús en Nazaret. Ella le sigue, como
fiel discípula suya, en la humildad y en la sencillez, en el
ocultamiento y en el silencio, en su pobreza de corazón y de
bienes materiales, en su amor total a Dios y su disponibilidad incondicional
al Padre, en su obediencia a Dios, expresada en su trabajo y en su oración.
En Jesús en Nazaret aprende a valorar el trabajo manual, sencillo
y humilde, a las huérfanas desamparadas y criadas desacomodadas
y a los pobres vergonzantes. De Jesús oculto en Nazaret aprende
a trabajar en la obediencia, a mantener su comunidad con el fruto de
su trabajo y a compartir ese mismo fruto con los necesitados. Como Jesús
en Nazaret vive la irrelevancia y el anonimato, opta por lo socialmente
insignificante, poniendo así en el mundo señales del Dios
frágil que salva desde lo pobre, lo débil, lo pequeño
(1 Cor 1, 27-28).
2. Al estilo del Hogar de Nazaret
Así como Jesús en Nazaret vivió en el ámbito
de una familia de artesanos, también Bonifacia vive su vocación
al seguimiento de Jesús en Nazaret dentro de una comunidad, que
tiene como modelo de vida la Familia de Nazaret. Para el P. Butiñá,
Nazaret "era el espacio más a propósito para vivir
una vida consagrada a imitación de la Sagrada Familia, la manera
más acabada de la vida religiosa" . Y así lo entendió
y vivió, Bonifacia.
Bonifacia toma la Sagrada Familia como modelo de su comunidad, de su
'Taller de Nazaret', para hacer de él, desde la oración
y el trabajo, un ámbito similar que posibilite las actitudes
de Jesús, María y José para con Dios y el prójimo;
es decir un ámbito de familia respetuoso y acogedor, en donde
se viva la caridad fraterna, se anuncie la Buena Nueva y se trabaje
por la promoción humana. De Nazaret aprende a vivir el amor,
como Jesús, José y María en Nazaret, desde una
fe que descubre y acoge a cada persona como hija de Dios. De María
en Nazaret que guardaba todas las cosas en su corazón (Lc 2,51)
aprende a vivir, tanto el trabajo como la oración, como un espacio
de escucha atenta de la Palabra y de la acción de Dios. Como
José, que sirve a Jesús en Nazaret, dirige su comunidad,
y como él escucha la palabra "levántate" (Mt
2, 13-14.19-20) y, en obediencia y en fidelidad a Dios, se pone en camino,
marchando a otras tierras, allí donde las trabajadoras pobres
necesitaban su presencia y su cercanía.
3. Santificación del trabajo, hermanado con la oración
Bonifacia, contemplando el humilde taller de Nazaret, hace del trabajo,
hermanado con la oración, fuente de vida espiritual y de santificación.
Esta dimensión del carisma peculiar de la Congregación
de las Siervas de San José es la nota más característica
de su espiritualidad y de Bonifacia, su fundadora y la primera Sierva
de San José.
Para unir el trabajo y la oración se necesita un clima propio,
y éste lo encuentra Bonifacia en el silencio, tanto interior,
por el recogimiento y la ascesis, como exterior, pues en el taller se
trabajaba en silencio. El silencio le posibilita hacer del trabajo un
lugar para la contemplación y para la comunicación e intimidad
con Dios. La prolongada oración personal diaria la dispone para
el trabajo orante; y un método tan sencillo como el rezo de jaculatorias
durante la tarea le ayuda a crear el ambiente propicio para la comunicación
con Dios.
La obediencia a Dios en el trabajo es para Bonifacia una actitud básica,
en orden a hermanar trabajo y oración. No se trata de cumplir
una orden, sino de realizar el trabajo en la seguridad de hacer lo que
Dios quiere de cada uno y en cada momento. De este modo el trabajo se
convierte en lugar especial de la presencia de Dios, en ocasión
para la adhesión a Él y en un modo de participar conscientemente
en su obra creadora. Bonifacia hace también del trabajo oración
viviendo la caridad en el trabajo y desde él: el trabajo es así,
para ella, expresión de fraternidad y solidaridad con la mujer
pobre, desamparada y desprotegida, a la que evangeliza, dignifica, educa
y promueve, y con los pobres y marginados, con los que comparte el fruto
de su trabajo.
Desde que Jesús trabajó en Nazaret la mayor parte de
su vida, la realidad del trabajo diario adquiere nuevo sentido, es camino
de unión con Dios y genera fraternidad. Siguiendo a Jesús
en Nazaret, el trabajo se convierte para ella en misión, en vocación
para construir el Reino, especialmente entre quienes carecen de trabajo
o tienen que trabajar en condiciones de pobreza. Bonifacia proclama,
sobre todo con su vida, que el trabajo dignifica a la persona, que se
expresa y se realiza mediante su actividad laboral, y nos acerca a Dios
al hacerlo con perfección y en actitud orante.
IV. Conclusión
Queridos diocesanos:
Con la beatificación de M. Bonifacia, nuestra comunidad diocesana
de Zamora y la Congregación de las Siervas de San José
podremos venerarla en privado y darle culto público en la liturgia;
ella es nuestra intercesora ante Dios y modelo a imitar en el seguimiento
de Jesús.
Su carisma y espiritualidad, llenos de actualidad en su época,
continúan con plena vigencia en nuestro tiempo. En un mundo decepcionado
y desesperanzado, Bonifacia ofrece en su vida la experiencia de esperar
contra toda esperanza y de seguir luchando en la adversidad. Como testigo
de Nazaret, Bonifacia nos muestra que una vida normal y cotidiana, oculta
y callada puede estar llena de sentido y ser el ámbito de encuentro
con Dios y con el hermano. Su vida proclama en silencio que lo más
importante no es el tener, sino el ser más persona; y aunque
no sea acorde con la cultura actual, Bonifacia nos recuerda que Nazaret
es semilla y expresión de lo auténticamente humano.
En un mundo laboral, en el que con frecuencia las condiciones injustas
de trabajo deshumanizan al hombre y, sobre todo, a la mujer, y en una
sociedad marcada por el bienestar y el consumo, son necesarios testigos
que nos ayuden a devolver al trabajo humano su sentido creador y colaborador
con la obra de Dios, que dignifica a la persona. Bonifacia, con su estilo
de trabajo trascendente y solidario, muestra el genuino sentido del
trabajo. Hermanando el trabajo con la oración, proclama que es
posible el encuentro con Dios en medio de las tareas ordinarias y hacer
de ellas lugar para vivir la fraternidad y la solidaridad, ámbito
para el anuncio del Evangelio.
La beatificación de M. Bonifacia Rodríguez es un paso
previo a su canonización, con la que nuestra beata alcanzará
carácter universal. Esperamos y pedimos a Dios de las manos de
la Sagrada Familia de Nazaret que un día no lejano podamos, junto
con todos los fieles cristianos, venerarla como santa de la Iglesia
universal.
Con mi afecto y bendición,
+ Casimiro López Llorente
Obispo de Zamora
Zamora, 5 de octubre de 2003
Fiesta de San Atilano, Patrono de la Diócesis de Zamora