Carta con motivo de la Campaña de Manos Unidas 2004

Febrero, 2004

Por una globalización humana y solidaria

En la Campaña de Manos Unidas - 2004

La organización católica para el desarrollo, Manos Unidas, se ha propuesto trabajar en los próximos tres años sobre el fenómeno de la globalización. Su objetivo es ayudar a analizar e interpretar este fenómeno para que aproveche al desarrollo humano, integral, solidario y sostenible de toda persona. En el presente año el lema es "El futuro del mundo, compromiso de todos".

De un tiempo a esta parte somos cada vez más conscientes que el planeta tierra es una 'aldea global'. La globalización es un dato de nuestra realidad, un fenómeno que va a adquirir cada vez mayor relieve. Existe un intercambio de bienes, de capitales y de valores, que lleva a una interrelación de personas, pueblos y culturas, lo que genera a su vez una interdependencia entre ellos. Lo que ocurre, se decide o se hace en un lugar repercute en el resto del mundo. Es un hecho provocado fundamentalmente por los nuevos medios de comunicación.

Las frecuentes protestas contra la globalización no suprimen el fenómeno; la protestas violentas contra ella no son la solución para las situaciones de injusticia, presentes y futuras, derivadas de la globalización. 'Es tiempo de hacer propuestas' alternativas, para construir una globalización con rostro humano y solidaria. La globalización también interpela directamente a los cristianos. La Iglesia católica con Juan Pablo II a la cabeza ha hecho propuestas concretas, que son aplicación del Evangelio y de la doctrina social cristiana a esta nueva realidad. En ese sendero se sitúa también Manos Unidas.

La globalización: un hecho humano

La globalización es, en primer lugar, un hecho humano. No es un hecho fatal, sino que es fruto de opciones libres. Por ello es un reto moral, dado que se juegan demasiadas cosas importantes para el destino del hombre, de los pueblos y de la creación entera. En sí mismo no es ni bueno ni malo; esto dependerá de los fundamentos éticos sobre los que se construya. Como todas las cosas humanas está cargada de oportunidades, pero también de serios peligros. El fenómeno no se reduce a lo económico, aunque esto tenga una fuerte relevancia; tiene también otras dimensiones como son la social, la política y la cultural.

La visión cristiana de la realidad nos dice que este fenómeno es un 'gran signo de nuestro tiempo' (Juan Pablo II), en el que hay que descubrir los aspectos positivos y evitar los peligros y aspectos negativos. Entre los aspectos positivos podemos citar el incremento de la eficiencia y de la producción, las intensas relaciones entre los países y las culturas, el fortalecimiento del proceso de unidad de los pueblos, las nuevas posibilidades para desplegar la solidaridad con los miembros menos favorecidos de la familia humana. Y entre los elementos de riesgo y negativos están la preponderancia de la economía sobre cualquier otro valor humano que deja a las culturas sin alma, la lógica mercantilista que con su injusta competencia agranda el abismo entre ricos y pobres o los grandes poderes que tienden a configurar monopolios, anulan las soberanías nacionales y uniforman los modelos culturales.

Principios morales

Si la globalización es un 'hecho humano', los principios morales deben ser buscados en la misma persona y en los principios que regulan sus relaciones sociales. El primer principio que ha de regir la globalización es el valor inalienable de la persona humana, creada a imagen y semejanza de Dios, y fuente de todos los derechos humanos y de todo orden social. El ser humano debe ser siempre un fin y nunca un medio, un sujeto y no un objeto, y tampoco un producto comercial (Juan Pablo II). El respeto de la dignidad humana, en especial de los más débiles de la sociedad, los discapacitados, los ancianos y los no nacidos, lleva a promover la 'cultura de la vida' frente a 'la cultura de la muerte'. A la globalización de la economía, por tanto, le debe corresponder una globalización de los auténticos derechos humanos de todas las personas.

Del principio fundamental del respeto a la dignidad de la persona se deriva la necesidad de globalizar la solidaridad. Esta solidaridad según la doctrina social cristiana llama a la opción preferencial por los pobres. "Los individuos, cuanto más indefensos están en una sociedad tanto más necesitan el apoyo y el cuidado de los demás, en particular de la intervención de la autoridad pública" (Centesimus Annus, 10). La solidaridad es algo más que una virtud personal. Es también un principio de organización de la sociedad en todos su ámbitos, tanto a nivel nacional como mundial. Significa que entre todos nos debemos hacer cargo de ciertas necesidades de todos. Se opone tanto a las formas de individualismo como a las formas de colectivismo. El aumento de la interdependencia en el mundo requiere nuevas formas de pensamiento y nuevos tipos de cooperación internacional para hacerles frente de manera efectiva (Juan Pablo II). Se trata, de entretejer de solidaridad las redes de las relaciones recíprocas personales, económicas, políticas y sociales. A la globalización de la economía, hay que responder con la globalización de la solidaridad en el campo personal, social y político.

Y, por último, el principio de la subsidiariedad. En esta aldea global, las unidades sociales más pequeñas (naciones, comunidades, grupos religiosos o étnicos, familias o personas) no pueden ser absorbidas por una comunidad mayor, de modo que pierdan su identidad. Por el contrario hay que defender y apoyar la autonomía propia de cada unidad social más pequeña, cada una en su esfera (Juan Pablo II). La globalización no puede ser una nueva versión del colonialismo, mediante la imposición de una cultura uniforme para todos. Para que la globalización esté realmente al servicio de la dignidad del hombre hay que buscar las garantías sociales, legales y culturales necesarias para que las personas y los grupos intermedios mantengan su lugar central; y también para que no se destruyan las estructuras construidas con esmero, al exigir la adopción de nuevos estilos de trabajo, de vida y de organización de las comunidades.

Llamada al compromiso

Una manera efectiva de evitar los peligros y superar los aspectos negativos de la globalización es el compromiso evangélico y solidario de los cristianos en el día a día: en sus comportamientos, en la economía, en la política, en la educación o en los medios de comunicación. La globalización, vista en profundidad, está de acuerdo con la naturaleza humana: los hombres aspiramos a la comunión y a la comunicación con los demás. Los hombres estamos llamados a formar una sola familia como 'hijos del Padre que está en los cielos'. Pero Dios pone en manos del hombre su destino y su futuro. Somos nosotros, con su ayuda, los constructores de la familia humana y de la comunidad de naciones. No es fácil, porque el pecado y sus secuelas globales son patentes. Pero Dios puede hacer lo que los hombres solos no podemos hacer sin Él: reunir la humanidad en una familia. La Iglesia, sacramento de unidad del género humano, es una familia que habla todas las lenguas. Nuestro compromiso con Manos Unidas es necesario para lograr una globalización humana y solidaria.

Con mi afecto y bendición,

+ Casimiro López Llorente
Obispo de Zamora