Un año
más me cabe la dicha de presentar la Programación Diocesana
para un nuevo Curso Pastoral; el presente es ya el tercero en la aplicación
del vigente Plan Diocesano de Pastoral. Al escribir estás líneas
resuena en mí la apremiante y siempre nueva invitación
de Jesús a Pedro: "Rema mar adentro" y "echad
las redes", fundamento del citado Plan. Estas palabras nos recuerdan
la llamada apremiante y permanente de Jesús a la tarea prioritaria
de nuestra Iglesia Diocesana, de sus comunidades y de todo cristiano:
la Evangelización.
Al inicio de un nuevo curso, el Señor nos invita a avivar nuestra
fe en Él y nuestra confianza en su presencia en la barca de nuestra
Iglesia. Escuchemos su Palabra, acojamos su invitación y, fieles
a la tarea recibida, digámosle: "En tu nombre, Señor,
echaremos las redes". Las conocidas dificultades pastorales del
momento -internas a nuestra Iglesia o externas a ella-, los resultados
aparentemente nulos o pequeños de nuestra brega pastoral, o el
cansancio por haberlo intentado, ya una y otra vez, no pueden justificar
la tibiezas, las apatías, las rutinas o, menos aún, la
inacción. El Señor nos apremia a la misión; Él
está con nosotros.
Como ya es habitual, también para este curso hemos elegido algunos
puntos concretos de los cuatro objetivos generales del Plan Diocesano
de Pastoral. Este año damos prioridad a la implantación
progresiva de las Unidades de Acción Pastoral, de modo que integre
el resto de los objetivos, medios y acciones. Todos -sacerdotes, religiosos
y laicos- debemos sentirnos implicados en esta tarea. No es compatible
con la necesaria comunión en la misión la postura de quienes
bloquean por acción o por omisión que este camino pastoral
de nuestra Iglesia Diocesana llegue a los fieles y a las comunidades.
Las Unidades de Acción Pastoral, sin embargo, no pueden quedar
reducidas a mera reorganización estructural; están puestas
al servicio de la misión de nuestra Iglesia y de la presencia
transformadora del Evangelio en nuestro mundo. Esto pasa necesariamente
por crear comunidades evangelizadas para evangelizar la nueva cultura.
Pero no lograremos comunidades vivas y evangelizadoras si sus miembros
no estamos verdaderamente evangelizados. De ahí que hemos de
cuidar con verdadero mimo la iniciación y maduración en
la fe y en la vida cristiana personal y comunitaria de niños,
adolescentes, jóvenes y adultos; su base ha de ser el encuentro
personal con Jesucristo que lleve a la conversión y adhesión
a Él y a su Evangelio en la fe de la Iglesia, a una vida acorde
con la fe, a la práctica diaria de la oración y a la recepción
frecuente de los sacramentos de la Eucaristía y de la Penitencia,
a la acogida de la propia vocación, al afecto hacia la comunidad
eclesial propia, hacia la misma Iglesia y sus Pastores, y a una inserción
efectiva en la vida y en la misión de la comunidad cristiana
propia. Este planteamiento debe configurar nuestra actividad pastoral
ordinaria, y, en especial, la catequesis, sobre todo, la de Confirmación,
y la tan urgente formación de adultos.
Mención aparte merece la pastoral juvenil y la pastoral familiar,
que piden redoblar esfuerzos. La situación de nuestra pastoral
juvenil es muy preocupante: contados son los confirmados que, una vez
recibido el sacramento, permanecen vinculados a la vida y actividad
de sus parroquias, que se integran en grupos parroquiales o en movimientos
o que practican asiduamente su fe. Todo ello nos debe interpelar seriamente
a todos, en especial, a parroquias, colegios de la Iglesia y familias
cristianas. Así mismo hemos de afrontar sin miedos el anuncio
del Evangelio del matrimonio y de la familia en un contexto desfavorable;
y urge trabajar sin excusas y sin demoras por una pastoral familiar
integral, que contemple la acogida, el acompañamiento y la preparación
de los novios para el matrimonio, así como el acompañamiento
posterior de los matrimonios y de las familias para que vivan su vocación
y su misión en la Iglesia y en el mundo.
Los distintos servicios diocesanos, sin olvidar sus tareas ordinarias,
ofrecen medios y acciones a toda la comunidad diocesana para conseguir
los objetivos de este curso. A, su vez, los arciprestazgos, las parroquias
y el resto de las comunidades y movimientos habrán de concretar
los medios y las acciones para trabajar en la misma dirección
desde su propia realidad.
El Señor nos llama de nuevo a la misión. Fiados en su
Palabra, confiados en su presencia y alentados por la fuerza de su Espíritu
pongamos manos a la obra. Encomiendo a la intercesión de María,
Madre de la Iglesia, y pongo bajo la protección de San Atilano
y de San Ildefonso el Curso Pastoral, que nos disponemos a comenzar.
Con mi
afecto y bendición, vuestro Obispo,
+
Casimiro López Llorente
Obispo de Zamora